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y se atiborraron de mis melones.
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Dios nos castigó, don Miguel. Tuvimos
unos retortijones de padre y senor mío.
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Pero ahora está listo
para algo más que simples travesuras.
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- Noto unos buenos músculos.
- Brazos, músculos. Hombres.
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?No se fijan en su cara?
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?No lo ven más guapo que cuando se fue?
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Tenía que haberme visto
al llegar a la corte espanola.
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Parecía una ardilla asustada.
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Seguro que parecías un angelito.
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Un ángel es lo que necesita California.
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- Un ángel con una espada de fuego.
- No empiece con eso.
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- No ha regresado para que lo maten.
- No digas más. Ve con las mujeres.
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Déjame con mi hijo. Siéntate.
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- ?Qué ocurre, padre?
- Ya no soy el alcalde.
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- En mi lugar hay un hombre...
- Una víbora tan repugnante y oscura...
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Si me dejaran tan sólo cinco minutos con él.
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Lo suficiente para arrancarle
la tráquea de la garganta.
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Que Dios me perdone.
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- ?Por qué dimitió?
- Me forzaron a dejar el cargo.
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Amenazaron con quemar
las casas de los peones.
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- Ahora está ahí sentado, cuando...
- Basta, Felipe.
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El padre me insta a emprender
una revuelta destinada al fracaso
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contra una guarnición bien preparada.
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Aunque creyese que podríamos vencer,
me negaría.
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- ?Por qué, padre?
- Porque la ley es la ley, hijo.
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No desafiaré al gobierno
al que he servido 30 anos.
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Pero ahora ese gobierno es vil y corrupto.
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Lo sé, pero no se subsana
un error cometiendo otro.
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- Opino lo mismo.
- A veces las armas son el único remedio.
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Yo soy un Vega. No secundaré
los métodos ilegales de Luis Quintero.
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- Ni mi hijo tampoco.
- Por supuesto que no, padre.
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Por cierto, fui directamente
del barco a nuestra antigua casa.
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Conocí al Sr. Quintero y a su encantadora
esposa. Son muy simpáticos y agradables.