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En una antigua capilla,
ante un puñado de desconocidos,
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entregué la mano de María Vargas
a Vincenzo, conde Torlato-Favrini.
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El servicio celebró
su propia fiesta tras la boda.
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Que nadie me diga que fue así
cuando se casaron los Borgia:
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Más ambiente fuera
que dentro del palacio.
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El caso es que hubo dos recepciones.
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Conociendo a la novia,
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sabía que pensaba
que había venido a la fiesta equivocada.
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El acordeón es el hijo del jardinero.
La guitarra es el jardinero.
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- No sé quién toca el violín.
- Paganini. Es el repostero.
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Tienen más invitados que nosotros.
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Así debe ser.
La aristocracia sólo empezó a caer
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cuando hubo más aristócratas
que sirvientes.
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- Se divierten más.
- Así es.
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En mi noche de bodas, creí
que te alegrarías más por mí.
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Si tú estás contenta, yo también.
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Es distinto de lo que había imaginado.
Había pensado en algo más cursi.
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Como bailar contigo.
Cosas de chico tímido.
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Pues ven a bailar ahí fuera.
Nuestro sitio es ése, de todos modos.
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Quizá el mío, sí,
pero el tuyo no. Ya no, condesa.
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Vincenzo, ¿te opondrías
a bailar conmigo ahí fuera?
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No me opondría a ninguno de tus deseos.
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Pero no querrás aguarles la fiesta.