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Hijo mío. Mi pequeno.
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Madre.
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Hola, María.
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El viejo Juan, tan gordo como siempre.
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Hola, Manuel. Y José. ?Dónde está padre?
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En su despacho con fray Felipe.
Entra, tiene muchas ganas de verte.
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Lleva el equipaje de don Diego a su alcoba.
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Estas condiciones son intolerables.
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Todo el distrito, desde los cerros de Verdugo
hasta las costas de Del Rey,
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es una peste infernal.
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- Lo sé.
- Ya lo creo, pero?qué hace al respecto?
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- Nada.
- ?Qué puedo...?
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Padre.
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Hijo mío.
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Padre.
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Bienvenido a tu casa y a mi corazón.
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- He echado de menos sus sabios consejos.
- Sospecho que no demasiado.
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? Te acuerdas de don Miguel y don José?
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- Senores.
- ?Has regresado para robar más melones?
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?Melones?
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Este bribón y mi hijo entraron en mi huerta
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y se atiborraron de mis melones.
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Dios nos castigó, don Miguel. Tuvimos
unos retortijones de padre y senor mío.
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Pero ahora está listo
para algo más que simples travesuras.
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- Noto unos buenos músculos.
- Brazos, músculos. Hombres.
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?No se fijan en su cara?
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?No lo ven más guapo que cuando se fue?
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Tenía que haberme visto
al llegar a la corte espanola.
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Parecía una ardilla asustada.
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Seguro que parecías un angelito.
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Un ángel es lo que necesita California.
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- Un ángel con una espada de fuego.
- No empiece con eso.
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- No ha regresado para que lo maten.
- No digas más. Ve con las mujeres.
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Déjame con mi hijo. Siéntate.
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- ?Qué ocurre, padre?
- Ya no soy el alcalde.
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- En mi lugar hay un hombre...
- Una víbora tan repugnante y oscura...
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Si me dejaran tan sólo cinco minutos con él.
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Lo suficiente para arrancarle
la tráquea de la garganta.