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En muchos sentidos, María
tuvo un mayor efecto en Oscar.
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El juicio de su padre, el hecho de que
su franqueza sobre algo desagradable
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la hiciera más popular que nunca,
conmocionaron a Oscar.
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Sus dioses empezaron a venirse abajo.
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Empezó a ser consciente del barro
en los pies de Kirk Edwards.
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Pero pasaron dos años antes
de que cayera el gran dios Edwards.
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Dos años buenos y felices,
al menos para mí.
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La noche en que cayó a tierra,
y supongo que fue la peor de su vida,
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tuvo lugar hace un año,
en Beverly Hills, California.
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Fue una noche memorable.
También lo fue la fiesta.
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La daba Kirk Edwards y, contra
mis protestas, María le prestó la casa.
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Lo pidió personalmente y María accedió.
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Kirk no daba muchas fiestas.
Cuando lo hacía,
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era siempre para hombres
como Alberto Bravano.
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Bravano no hacía menos por Kirk
cuando éste viajaba a Sudamérica.
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Noblesse oblige, digamos.
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Pero pronto resultó evidente
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que al señor sólo le interesaba
a medias el talento disponible.
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Había encontrado lo que quería: María.
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Jerry y yo jugábamos al backgammon.
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Revelaba nuestra edad,
pero nos daba algo que hacer.
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No prestábamos mucha atención
al juego. Nos preocupaba María.
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Parecía inquieta, tensa, retraída.
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Y Kirk, cuando no estaba
mirando a María,
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miraba a Bravano mirar a María.
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No le gustaba.
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Alberto Bravano era, y es, uno de los tres
hombres más ricos de Sudamérica.
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Eso lo convierte en uno
de los más ricos del mundo.
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Pero a diferencia de Kirk quería el dinero
para gastarlo en su propia satisfacción.
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Para Oscar, Alberto Bravano
fue un regalo del cielo.