The Barefoot Contessa
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El nombre del trono no importa.
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En un mundo de pretensión, pretendiente
es lo mejor que se puede ser.

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Y, para la jet set, era el rey.
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Su mujer era inglesa, una persona
ordinaria. Más ordinaria, imposible.

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Pero, juntos, dominaban la Riviera,
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con el permiso de la dueña
del copyright, Lulu McGee.

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Lulu McGee dirige a la jet set.
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Nunca pide dinero, pero, de algún modo,
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siempre ayuda a gente rica y agradecida.
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Hector Eubanks era
la bola de fuego de nuestro capullo.

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Un buen día le cayó petróleo encima
y ya nunca volvió a salir de él.

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También estaba
la Sra. De Hector Eubanks.

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Era una declaración de la renta conjunta.
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En medio de toda esta fantástica
irrealidad estaba María,

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más irreal, en cierto modo, que todo ello.
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Se movía entre aquella gente,
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por los casinos, playas
y saraos de Marsella a Mónaco,

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como si estuviera repleta de novocaína.
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No demostraba dolor,
ni placer, ni interés, ni nada.

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Entiéndanlo ustedes. Yo no puedo.
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Tampoco podía aquella noche
en que vi a María por última vez.

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Fue en uno de los casinos,
bastante tarde.

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Habíamos cenado hacía horas.
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Bravano y Hector Eubanks
estaban dentro, jugando.

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Supuse que María estaría con Bravano.
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Al resto se nos había
acabado la conversación.


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